Durante nuestro desarrollo más temprano marcamos nuestros
valores más profundos, aquellos que sustentarán la base de todos los demás. La
relaciones que tengamos durante nuestros primeros años serán un esquema a
seguir en las próximas que se den, siendo éste de alguna forma imposible de
modificar en su parte más pura.
Uno de los valores más importante a desarrollar es la
confianza, ya que es una base fuerte y sana para todo lo que posteriormente
germine en ella. El amor es una de esas emociones que ha de construirse sobre
una confianza sólida y cristalina. Confianza en uno mismo, en tus amigos, en tu
pareja, en tu familia.
Existen muchas formas de hacer daño a alguien, se la puede
insultar, se la puede vejar, humillar, incluso omitir, pero ninguna de estas
torturas está a la altura de la traición, la mentira. La mentira corrompe
nuestros esquemas más profundos, va directamente contra los pilares de todas
nuestras emociones, es una bala de cañón directa a la confianza.
Y yo cielo, hubiese puesto las manos en el fuego, hubiese
dado mis piernas, mis brazos, mis pechos, mi cuello, mi cabeza, mi yo entero,
yo entregaba mi alma si era cuestión de jurar nuestro vínculo, de sellar la
confianza que tenía en ti. Pero pese a todas las certezas que se pueda tener
sobre algo en este mundo finalmente nada es más real que lo onírico aquí. Tú me
traicionaste, tú que me tenías en tus manos manipulable como un zapato de
cristal, tú me corrompiste.
Lo peor de esta traición es que se debe a la irrupción de
una nueva estación, que ahora mismo eres inmune a mis palabras e insensible a
mi dolor. No llegarás a comprender lo que realmente me has hecho hasta que el
soplo de aire fresco deje de ser fresco, y cuando ese momento llegue te aseguro
ya será tarde.
Esa es la confianza que había desarrollado amor, ese era mi
yo y esa era yo, yo era tú y tu eras yo, y para que engañarnos aún lo somos,
aunque tú me hallas hecho odiarme ahora tal y como soy.