La miraba y algo dentro de mí comenzaba a arder; la odiaba. Recuerdo como me resultaba de repugnante su olor, su voz, su pelo, su calor... El mero hecho de tener que verla cada día hacía que la odiase aún más (si cabía). Parecía no entenderme porque pese a como me comportase ella no dejaba de tocarme, de abrazarme, de hablarme, de acariciarme... Pasase lo que pasase ella me lo perdonaba e incluso parecía que eso la turbaba hasta el punto de quererme aún más.
Pero yo... ¿Cómo iba a quererla? ¿Cómo osaba quitármelo? Él debía de ser mío a toda costa, yo sabía que él me quería más que a ella, pero aún así nos compartía.
De todos modos no sé cómo ni por qué un día todo cambió.
Estaba apoyada en su pecho mientras me leía. Bum, bum, bum decía su corazón. Estaba tan caliente... En ese momento sentí un escalofrío y su voz erizante se convirtió en melosa y aterciopelada, la luz de la habitación se había vuelto más cálida. El escalofrío subió desde mis pequeños pies a la garganta y salió: Te quiero, mamá.
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