La habitación era amarilla, pero entre tantos libros apenas se podía llegar a ver el papel mugriento de la pared. El polvo revoloteaba como pequeñas almas que no saben donde ir, que se quedan en un espacio intermedio entre el triángulo pasado-presente-futuro esperando que alguno de los ángulos la lleve consigo. Olía a humedad, que entumecía los pulmones de ambos extasiados ya de tanto respirar.
Ella estaba en el sofá, con su pose destartalada habitual. Él estaba en el sofá, encajado como un puzzle en el desorden. Por un momento sus miradas se cruzaron. Rompiendo la frágil armonía: de repente.
- ¡Pasa de página! Tienes que dejar de mirarla ya, por mucho que la leas una y otra vez seguirá diciendo lo mismo, ¿no crees?
- No pienso hacerlo hasta que lo hagas tú -dijo aferrándose con fuerza al libro.
Miro sus manos, y efectivamente, tenía razón. Entre ellas había un manuscrito más grande aún que el suyo.
- Pero es parte de mí, no puedo tirarlo, sería como tirarme a mí a fin de cuentas.
- Nadie ha hablado de tirar, solo de pasar. Estoy esperando a que empieces a escribir en la siguiente, deja de buscar algo nuevo en la anterior, sabes que no lo hay.
No entendía nada. Se jactaba de que realmente creyese que un manuscrito bíblico como el suyo tuviese el mismo valor que su librucho a medio escribir. No entendía el peso que tenía realmente aquel mamotreto que llevaba tantos años como compañía, casi como chaleco salvavidas, no podía pretender que lo tirase (porque por mucho que hablasen de pasar ambos sabían que no puedes llevarte todo contigo en una mudanza, siempre hay que recortar, seleccionar, elegir) sin tener garantías de que su librucho iba a tomar el mismo camino.
- No puedes pedir al hambriento la comida, como no me puedes pedir a mí ningún tipo de iniciativa.
Era verdad, no comprendía nada y a la par más de lo que tal vez podría imaginar. El peso de una hoja, un libro o un manuscrito no es algo que tenga cuantía física, sino cómo las palabras han de escocer tanto en ocasiones, ¿cuál es el peso de una sílaba?
Ambos miraron sus pesos, ambos se miraron. Él se levantó, mientras su peso caía sobre la alfombra, y desapareció entre los libros.
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