Olvidar es un verbo que me persigue últimamente. Solo puedo decir de él que es horrible, no es un buen compañero de viaje. Tiene diferentes versiones y ninguna buena. El olvido te devora, si olvidas no eres nadie y a veces si no lo haces te destruyes a ti mismo. Es contradictorio. Nadie quiere ser olvidado nunca pero a veces es la única solución; todos quieren olvidarse de amores no correspondidos y solo unos pocos desgraciados olvidan más de lo que deben. Definitivamente lo detesto.
Detesto tener que contar los minutos en los que aún me recuerda, siento que nunca los aprovecharé como debo de hacerlo. Detesto tener que pensar que el simple hecho de que se acuerde de que existo tenga que ser un regalo que encima algún día se acabará.
Detesto tener que olvidar yo. Tener que hacerlo por obligación. Es cuanto menos gracioso tener que olvidarte de alguien, nadie se da cuenta de que eso es imposible. Tratar de olvidarse de alguien es querer recordarle para siempre. Es algo que pasa solo, cuando te das cuenta hace horas, días que no paso por tu cabeza; momentos en los que siempre pensarías que te ibas a acordar de su nombre, de su cara, del tacto de su mano, de su olor… Y ya no lo haces, sin quererlo, simplemente ¡puf! Ya no está en ninguna parte de tu vida. Puede parecer que es la parte buena del olvido, que te hace sentir bien, pero lo cierto es que si no es una elección tuya, lograr olvidar acaba también doliendo. Sencillamente no quieres olvidar una infinidad de cosas que le hacían ser quien era en tu vida, todos los planes que habías hecho; un guión fallido. Pero aunque duela esto es como todo, el olvido no deja títere con cabeza, y si nadie hace porque no olvides un día sin más te levantarás y habrás también olvidado que odiabas olvidar(le).
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