A veces la vida se parte en dos y no hay manera de volver a pegarla. El tratar de reinventarse una y otra vez sobre el mismo terreno nunca da buenos frutos. Ante las situaciones así anclarse en el pasado es lo más sencillo, pero nunca lo mejor. Te quedas atrás, inmóvil, estático hasta que ves pasar la vida por delante de tus ojos. En ese momento tienes tres opciones: dejar que te atropelle y no volver jamás, subirte a su debido tiempo o agarrarte en el último momento al tubo de escape mientras toda la mierda te da en la cara. El cambio es necesario y, no nos engañemos, es cuestión de querer, no de poder.
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