Él no regresaba. Llevaba (o parecía) horas, días, semanas esperándole en ese sofá, a que volviese junto a ella. No quería dejar lo suyo allí e ir en su busca, pero al fin y al cabo era la decisión que tenía que tomar, sino se quedaría estancada como el polvo de aquella habitación en un espacio temporal inexistente, en la nada.
Al fin, apoyó los pies en el frío y húmedo suelo. 1, 2, 3... Arriba valiente. Había llegado el momento de dejar apartado el pasado en esa salita, había llegado el momento de volver a creer.
Abrió la puerta entre miedosa y emocionada, ¿dónde estará él? Era el motor, la fuerza, la ilusión, la esperanza que siempre se recupera, y eso era exactamente lo que necesitaba, recuperarle. Siguió caminando por el largo pasillo, pero desde donde estaba ella solo se veía oscuridad, ni un ápice de luz. Aquel pasillo cada vez se hacía más interminable, y todo aquello por lo que no se había decidido antes a dar ese paso, estaba de nuevo aflorando. Algo le decía que si no lo había sentido desde el corazón, todos sus razonamientos eran solo engaños para sus entrañas, o tal vez no. Y el beneficio de la duda y la necesidad de cambio fue lo que le hicieron intentar avanzar.
- Si tiene que ser por alguien, tiene que ser él- se repetía. Y así, entre dudas, miedos e ilusión llegó al final del pasillo.
El suelo acababa, aunque el espacio no. Miró a todos lados, pero nada, no había ni rastro. Entonces se dio cuenta del error que había cometido, había salido sin nada, lo había dejado todo por él, se había vendido en cuerpo y alma sin garantías, solo por sentimientos y palabras encantadoras que terminaron por convencer al razocinio. Ahora ya era tarde para volver, apunto de derramar la primera lágrima...
- ¡Ey! ¡Ey! ¡Aquí!
Era su voz. Sí, sin duda lo era. Y con tal simplicidad, todas las inseguridades de unos minutos atrás se volvieron a su cuerpo junto con las lágrimas que aún no había llorado.
Estaba ahí abajo, lejos, pero ahí estaba, con su mejor sonrisa como siempre, esa sonrisa que devolvía la vista a los ciegos y cegaba al mismo tiempo.
- Venga, salta, valiente.
Estaba allí, al borde del precipicio, saltar era fácil, aunque seguía siendo arriesgado. Tomó aire. arrastró los pies lentamente. Le miró. Y saltó, o más bien se dejo caer, con la sensación de seguridad de que él la recogería.
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